El motivo de esta obra de arte es un raro tema
iconográfico que alcanzó cierta difusión en la Edad Media por su intención
satírica y moralizante. Se trata de una figura tallada en madera de nogal por
Rodrigo Alemán, hacia el año 1497. Es una obra a caballo entre el último
período del Gótico Hispanoflamenco y el primer Renacimiento, en el que se encuadra
la trayectoria de aquel maestro, que dejó importantes muestras de su arte en
Toledo, Plasencia y Ciudad Rodrigo. La pieza que estamos analizando formaba
parte de la decoración de una «misericordia» del coro de la catedral de
Plasencia, que pasó al mercado del arte y en 1992 fue adquirida por el Museo
Nacional de Escultura de Valladolid.
Una misericordia es una pequeña ménsula situada
en el extremo de cada asiento de la sillería de un coro. Los asientos eran normalmente
plegables porque los monjes o los canónigos que asistían a misa debían levantarse
y cantar en determinados momentos de la liturgia. Para los tiempos en los que
había que permanecer de pie de manera prolongada, se idearon en la parte
inferior de los asientos unos apoyos que permitían descansar las nalgas y minimizar
así el cansancio. Con el tiempo, estos apoyos adquirieron la forma de ménsulas
y empezaron a decorarse con figuras talladas, cada vez más elaboradas. Habitualmente
se encontraban ocultas bajo el asiento y, al elevarse, quedaban a la altura del
bajo vientre, así que los motivos decorativos solían mostrar escenas satíricas,
de crítica al estamento eclesiástico y de alegorías morales relacionadas con
los pecados capitales. A pesar de lo extraño e indecente de algunas de sus representaciones,
las misericordias constituyen un elemento esencial en la escultura medieval y
renacentista.
El episodio que vemos aquí revela la
naturalidad con la que, en el siglo XV, convivían lo sagrado y lo profano, lo
serio y lo cómico. El filósofo griego Aristóteles está postrado a cuatro patas mientras
una cortesana de nombre Filis cabalga sobre él dominándole con unas bridas y una
fusta. Aristóteles había recriminado a Alejandro Magno sus amoríos con Filis,
razón por la cual ésta se vengó seduciendo al sabio, quien se dejó montar como si
fuera un caballo a cambio de la promesa de favores sexuales. El caballo es, por
cierto, un potente símbolo erótico.
En realidad la historia es totalmente inventada y se transmitió de manera oral en un contexto cultural en el que, por una parte, se reverenciaba a Aristóteles como fundamento del conocimiento escolástico, mientras que por otra, se le quería desprestigiar porque era un científico pagano, centrado en la naturaleza del mundo físico y, en consecuencia, difícil de congeniar con el objetivo cristiano de la salvación del alma. La farsa de Filis permitió humanizar al filósofo griego, porque aceptaba la excelencia de sus ideas morales cuando censuró a Alejandro, pero también le imaginaba incapaz de controlar los deseos carnales.
En realidad la historia es totalmente inventada y se transmitió de manera oral en un contexto cultural en el que, por una parte, se reverenciaba a Aristóteles como fundamento del conocimiento escolástico, mientras que por otra, se le quería desprestigiar porque era un científico pagano, centrado en la naturaleza del mundo físico y, en consecuencia, difícil de congeniar con el objetivo cristiano de la salvación del alma. La farsa de Filis permitió humanizar al filósofo griego, porque aceptaba la excelencia de sus ideas morales cuando censuró a Alejandro, pero también le imaginaba incapaz de controlar los deseos carnales.
Según un reciente artículo de González Zymla,
fue en ese contexto ambivalente de admiración y menosprecio en el que se difundió
la historia de Aristóteles y la cortesana. Primero a través de un relato alemán
que se hizo bastante popular en Centroeuropa, después en un poema titulado Le lai d’Aristote, escrito por Henri de
Valenciennes, y finalmente en una obra compuesta por Jacques de Vitry, que enfatizó
su carácter moralizante. Estas tres versiones fueron producidas en la primera
mitad del siglo XIII, de tal modo que la historia era sobradamente conocida al
llegar el Renacimiento. De hecho, también puede relacionarse con el desorden y
la necedad de la vida humana que se abandona a las pasiones, según la describió
Erasmo de Rotterdam en el Elogio de la
locura. En último término, el éxito de esta historia abrió la veda a
posteriores representaciones iconográficas en las cuales la mujer se convertía en
dominadora del hombre, justo lo contrario de lo que pregonó en su momento Aristóteles.
Incluimos a modo de ejemplo este dibujo alemán de 1485-1500, atribuido a Wenzel von Olmutz,
que se conserva en el British Museum de Londres con un punto un tanto sado.
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